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Transporte Siglo XXI |
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Opinión
TLCAN disparejo
Diez años cumplió el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el acuerdo que aceleró el proceso de apertura económica al que México había entrado en 1985 al suscribir el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT).
Muchos fueron los sectores que se escandalizaron por la apertura a ultranza y tan rápida en que el gobierno los insertó para competir con dos de las primeras economías del mundo, y con cuyos países, además del idioma, nos separaban una serie de asimetrías.
Los resultados no se hicieron esperar. Cientos de empresas tuvieron que cerrar sus puertas, otras más cancelaron sus procesos productivos y se convirtieron en representantes y distribuidores de marcas extranjeras al ser mayor negocio importar que producir en México. Los menos, sobrevivieron y mejoraron en un ambiente de competencia global implacable.
En ese contexto, el autotransporte es una excepción. Aunque en diciembre de 1995 debió quedar abierta la entrada a los estados fronterizos de México y Estados Unidos al transporte terrestre internacional, ésta fecha no se respetó por parte del gobierno norteamericano. Después, en enero del 2000, el resto del territorio debió quedar abierto al servicio de transporte internacional, y con ello, hecho realidad un servicio desde México hasta Canadá y viceversa; pero, tampoco la Unión Americana cumplió con el compromiso.
Apenas en diciembre, el expresidente de México, Carlos Salinas de Gortari, en un artículo para la revista estadounidense Foreign Affair, reconoció que había cometido un error al no haber permitido primero el fortalecimiento de la economía interna antes de llevar acabo la firma del TLCAN.
Aquí hay voces a favor y en contra de la entrada de inversión extranjera al transporte. Los más proclives, desde luego, son los usuarios que buscan mediante estos esquemas contar con servicios más baratos de transporte que hagan más competitiva a la economía nacional frente a la competencia global.
Los prestadores de servicios, en su mayoría, temen ser desplazados o convertirse en empleados de compañías americanas.
Pero en los Estados Unidos también existen temores que no permiten la apertura. Los Teamsters (sindicatos de choferes) ven el riesgo de ser desplazados por choferes mexicanos que ganan al menos cinco veces menos que ellos, de ahí su tenaz lucha por evitar su entrada.
En ese contexto, lo que sorprende es que el trato en ambos gobiernos no sea recíproco. México recién permitió la inversión a Swift Transportation en una empresa de autotransporte al 100%, pero Washington todavía no hace lo propio.
Bien dice el refrán que lo que no es parejo, es chipotudo.
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