Entre la reminiscencia y los estertores de una globalización fallida (al menos en su vertiente financiera), la Secretaría de Economía produce la noticia que en forma de Acuerdo publica la pasada semana: “HECHO EN MÉXICO” se reedita para recuperar nuestro sentido nacionalista, versión anaquel.
Hoy sí, comprar productos manufacturados en el país es un slogan oficialista, cuando hace apenas unas semanas la cultura de la eficiencia seguía privilegiando la compra auspiciada por el mejor precio, sin importar la bandera del fabricante. Hoy sí, merced a la crisis, reconocemos que cada producto que se importa puede cancelar un puesto de trabajo en México; hoy sí, comprar a mexicanos es favorecer a México.
La paradoja del libre comercio en crisis está desnudando las falacias que han venido sosteniendo el modelo de mercado abierto asumido sin cortapisas por nuestro país.
Dudamos, sin embargo, que estos mediáticos golpes de timón enderecen el curso. El Acuerdo publicado permite, entre líneas, entender algunas de las razones precursoras de su existencia. La primera es que la Secretaría de Economía se erige, por vía de decreto, en propietaria de una frase y un logotipo que a lo largo de la historia han sido simplemente de dominio público. Ahora, para poder hacer uso del mismo, será necesario contar con una autorización de dicha Secretaría (léase papá gobierno), quedando reflejado en un registro nacional más: el RUPA, o Registro Único de Personas Acreditadas (no es broma, así se llama).
Como usuarios autorizados se admite únicamente a las micro, pequeñas y medianas empresas o personas físicas con actividad empresarial que deseen obtener la autorización para el uso del Logotipo “HECHO EN MEXICO”. Otros posibles usuarios, como son las grandes empresas, tal vez por ser pocas las que tienen condición de “mexicanas”, se les excluye del beneficio, en lo que constituye un manifiesto trato discriminatorio.
Más allá de las interrogantes técnicas que genera el breve acuerdo que da vida al proyecto, la ideología implícita en el mismo es la que mueve a reflexión. Ahora resultaría que a las otrora vapuleadas Pymes mexicanas, a las que la apertura comercial quitó de tajo toda aspiración evolucionista, hay que convocarlas a disfrutar lasmieles de este proteccionismo retrasado y desorientado. La retórica de la Secretaría, que no quepa duda, no tiene límites cuando se pone a funcionar la maquinaria. Pregunto: ¿no será demasiado poco? ¿No será demasiado tarde? ¿No será demasiado ingenuo?
Pero, por otro lado, hay que recordar que inventar una marca no basta. Para que una marca tenga y adquiera valor, es necesario cumplir la promesa detrás de la marca; los valores reivindicables tendrían que pasar por la confianza decidida del consumidor en productos fabricados en el país y adicionalmente, se tendría que inscribir en la certeza de que quienes ostentan el símbolo estarán cumpliendo con estándares superiores a, simplemente, alegar un nacionalismo inflado como medicina contra la fractura sistémica.
Con esta estrategia pusilánime México no solo traiciona el modelo en el que ha trabajado en los últimos 20 años, sino que exhibe nuestra dependencia del exterior, nuestra bancarrota industrial interna y nuestra enorme debilidad en credibilidad y confianza.
Creo firmemente que México equivocó el modelo al dirigirse desbocadamente hacia una apertura comercial descontrolada.
Lamentablemente, hoy hay que sacar ventaja de una infraestructura montada y orientada hacia ese modelo, a pesar de que no pase por sus mejores tiempos. Lo contrario, como en tantos rubros de la vida nacional, es contradicción, confusión y desgaste.
mjalife@jcva.com.mx